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25.1.11

Un loco que la pasó bomba

Una crónica de Puch

“En el momento de ingresar se sentirá una sensación de fuerte miedo, el miedo de derrota con la acción, la bomba es la protección, recuerda el miedo es sólo una fobia, hay que ignorarla porque todo está calculado, hay que seguir el sistema de perfección”.
Aquella mañana soleada fue la última para Ruiz Wilfredo Ninasqui Barrios, quien deambulaba con un maletín plateado en mano, un pantalón color caqui y una casaca con capucha por las calles del emporio comercial Gamarra. Aparentemente era un comprador más, uno de los tantos limeños que colmaban las calles en busca de los saldos de exportación, telas y demás. Sin embargo, este personaje hacía gala de una actitud muy sospechosa, en especial cuando se acercó a la puerta del banco BBVA. El ex militar observó con calma la misma, se aproximó hacia ella con naturalidad fingida y, a pesar de su sospechosa vestimenta, logra ingresar sin cuidado. Teniendo precaución, expone el maletín en el cual contenía más de un kilo de dinamita hacia un sensor, ubicado en su base. Acto seguido, se ubica a un lado y coloca el objeto plateado en el piso, esta vez abierto. El policía de la entrada continúa con las gentilezas, abre y cierra las puertas a todo individuo que ostentaba pasar y no se percata en ningún momento de lo que acababa de dejar entrar. A Ninasqui se le nota nervioso, demora un rato en cerrarse bien la capucha y logran escapar un par de inocentes. Sacó la pistola y dictó el comienzo de este infierno.
“El policía en la puerta fue alertado, solo cumplió con salvar su pellejo y cerrar la puerta. En los primeros reportes noticieros, se hace referencia a una banda de terroristas con rifles AKM, pero que la policía se mostraba hermética al momento de dar mayores datos al respecto”.
Siete rehenes sufrían mientras el autonombrado terrorista hacía gala del control remoto con el cual volaría en pedazos todo el local. Según el diario que se le fue encontrado a Ninasqui, nos dice “soy un terrorista, tengo una bomba atómica y un control remoto conectado a un celular… quiero una transacción en efectivo de dos millones de dólares” (cabe añadir el pedido de un helicóptero y una moto profesional, dentro de sus exigencias). Lo cierto es que Ninasqui no apuntaba muy bajo, ya había logrado cumplir la primera parte del plan que tenía anotado a modo de diario en una pequeña agenda. También había hecho llegar sus pedidos materiales a través de dos rehenes en las puertas e incluso logró hacer que una de las trabajadoras del banco borre sus huellas impregnadas en la puerta.
No obstante, luego de unas horas, vio como su plan se derrumbaba poco a poco. Encontró una cámara que lo filmaba y se atrevió a mostrar un rehén herido, lo cual contribuyó a que su situación empeore. El exagerado despliegue policial en la zona hizo presión sobre su persona y se declaró perdido al escribir “el terrorista se prepara para la retirada, el terrorista antes de salir del banco coloca la bomba atómica colgada en las asas de la puerta y finalmente activa el sistema de alarma con el control remoto”. Este hecho solo alarmó más a los encargados del orden.
“Luego de unas horas, la verdad cayó ante todos. No eran dos ni tres, tampoco tenían rifles AKM. Era solo uno, pero tenía una bomba”.
Uno era el individuo, uno también fue el disparo. Un francotirador se encargó de sentenciar la vida de este presunto terrorista tras un descuido al acercarse a una ventana. No hubo un policía cortés que les abra la puerta, todos salieron despavoridos, cegados por los flashes de la prensa y por las sonrisas que los inundaban. Heridos e ilesos, todos contentos, al lado solo yacía el difunto Ninasqui.
“Quizás es momento de ver a quién le abrimos la puerta”.
Puch